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Los gauchos biotecnológicos

biodiesel-lorenzattiLos productores agropecuarios que están revolucionando el campo argentino. Usan la ciencia para mejorar las cosechas y dar valor agregado a los granos

Campo y ciencia. Santiago Lorenzatti, de Monte Buey, prepara el suelo para testear nuevas plantas de soja transformadas en el laboratorio de Rosario.

Rocío Grenon está haciendo de abeja. Saca el polen de una planta de soja y la coloca en la flor de otra. El invernadero está repleto de estas plantas polinizadas por esta estudiante del último año de Agronomía que trabaja en lo que es la vanguardia de la ciencia y la tecnología aplicada en la Argentina. En este laboratorio de Indear, el Instituto de Agrobiotecnología de Rosario, de la empresa Bioceres, se investigan las nuevas técnicas de manipulación genética de los cultivos, que luego son testeados en campos del sur de Córdoba y que ya han conseguido rendimientos asombrosos. Es el primer engranaje de una larga cadena de institutos del Estado y privados que están liderando una revolución silenciosa en la Pampa argentina, con la capacidad de transformar la economía del país y darle una oportunidad única a las próximas generaciones.

Desde los ventanales de Indear/Bioceres se puede ver el resto del polo de desarrollo con institutos públicos y privados y el puerto de Rosario. Aquí se trabaja para agregar valor a las materias primas que se exportan en los buques que en este momento entran y salen por el Paraná. Los jóvenes biólogos, químicos e ingenieros agrarios desarrollan proyectos que van desde la conversión de los subproductos de la industria del biodiésel, como la glicerina, hasta biomoléculas para la construcción y el envasado de alimentos. Esto, por ejemplo, permitiría transformar una glicerina de soja, que tiene un valor promedio de 500 dólares la tonelada en el mercado internacional, a un biopolímero para la industria del plástico que se paga unos 5.000 dólares la tonelada. El poroto de la soja que se cosecha desde Misiones hasta la Patagonia terminaría exportado con un enorme valor agregado que multiplica por diez su valor comercial. Pero no es sólo soja. Aquí se trabajó en el proyecto dirigido por la doctora Raquel Chan del Instituto de Agrobiotecnología de la Universidad del Litoral, que logró aislar un gen del girasol que, injertado en la soja, el maíz y el trigo, les da a estos cultivos la propiedad de ser resistentes a las sequías y la salinidad.

Federico Trucco, el gerente de Bioceres, es un joven bioquímico recibido en las universidades de Illinois y Colorado, que habla con el entusiasmo del que sabe que está muy próximo a conseguir su objetivo. “Producimos soja a 50 millones de toneladas por año por un valor de 25.000 millones de dólares”, explica Trucco. “Hoy con la biotecnología podemos además incorporar cultivos secundarios en enzimas industriales para transformar desechos agrícolas en biocombustibles. Y la producción de esas enzimas para ese proceso de degradación nos da un mercado potencial de otros 20.000 millones de dólares. Y eso lo podemos hacer en superficies ahora no utilizadas como, por ejemplo, el norte de la Patagonia, y crear allí otra cosecha de soja como la que sacamos de la pampa húmeda. Con el 17% de los desechos agrícolas argentinos podríamos producir el 100% de los combustibles que vamos a necesitar en el 2020”.

Para observar todo esto más de cerca y ver el trabajo de estos “gauchos biotecnológicos” que producen lo que se experimenta en el laboratorio, tomamos la autopista que va de Rosario a Córdoba y salimos a unos 100 kilómetros rumbo a Inriville y Los Surgentes. Luego, manejamos por la ruta 12 hacia Corral de Bustos para llegar al establecimiento de Los Chañaritos del productor Hugo Ghio. Aquí se testean muchas de las plantas transformadas en los laboratorios de Rosario. “La gran revolución de la agricultura argentina se dio con la aparición de la siembra directa, y en 1996 dio el salto definitivo con la semilla RR que es resistente al glifosato que usamos para desmalezar. Y ahora estamos en una segunda etapa de esa revolución, con la aparición de semillas resistentes a insectos. Por ejemplo nos está resolviendo problemas de plaga en maíz, en caña de azúcar; también insectos de suelo en la espiga de trigo. Ahora viene una nueva generación de herbicidas, por un lado más efectivos y por el otro mucho más seguros”, explica Ghío mientras recorremos en su camioneta blanca el camino interior que separa el campo verde pleno de la soja y el amarillento del maíz.

Los cultivos experimentales están ubicados en canteras separadas. No se pueden mezclar con el resto de las plantas y tienen inspecciones permanentes de las autoridades de Conabia, INTA y Conicet, para seguir su evolución. “Todo esto tiene que estar muy controlado. Están en fase de experimentación. Al principio con los agroquímicos tuvimos muchos problemas porque se manipulaban incorrectamente. Ahora aprendimos. Este es un avance científico importante y hay gente que cree que estamos contaminando la tierra y matando a los chicos. Y eso no es así”, comenta Ghío mientras avanzamos por entre el maíz, las chalas nos golpean la cara y los mosquitos se hacen un festín.

Dos días más tarde, ya de regreso en Buenos Aires, voy a la sede de Greenpeace en el barrio porteño de Villa Ortúzar para ver a Franco Segesso, un experto en los efectos de la agricultura en el medio ambiente. “El problema es que la agricultura industrial termina con los nutrientes de los suelos y por más que los recompongan artificialmente no son suficientes. Se combate la plaga, que termina adaptándose, y siempre se necesita un químico más fuerte. Y, por sobre todo, este tipo de agricultura no resuelve el problema del hambre en el mundo. Por esto es que nosotros proponemos una agricultura orgánica, que se adapta mejor al cambio climático”, explica Segesso, quien admite que la biotecnología cuidada puede ser fundamental para lograr un desarrollo sustentable cuidando el medio ambiente.

Al salir por la ruta 12, regresamos unos 30 kilómetros para tomar la 6 hasta Monte Buey, la denominada “capital nacional de la siembra directa” y zona de productores que se ufanan de lograr los mejores rendimientos nacionales en sus cultivos. Allí, en el establecimiento Romagnoli, también se testean las plantas experimentales verificando su adaptación al clima y al suelo. Si tienen buenos resultados, estas mismas semillas luego viajan a Estados Unidos o Australia, para experimentar en diferentes ambientes productivos. “Estamos a la vanguardia mundial. Hoy disfrutamos de los beneficios de haber triplicado la producción de nuestra agricultura en menos de 20 años. Y ahora estamos preparados para dar el gran salto y dominar el mercado de los derivados de las oleoginosas en los próximos 50 años. Necesitamos que quien esté en el gobierno de turno sea consciente de la enorme riqueza que tenemos y que nos dejen trabajar”, dice Jorge Romagnoli, mientras caminamos por un campo tan prolijo como un jardín británico y nos azota un viento que presagia más lluvia.

El ingeniero agrónomo Santiago Lorenzatti me lleva con su embarrada 4×4 a ver las plantaciones que tienen a cinco kilómetros por un camino de tierra consolidada rodeada de enormes lagunas producidas por las inusitadas precipitaciones de febrero. El campo sembrado con soja tiene un suelo muy productivo con los residuos que dejaron el trigo y el maíz en cosechas del año pasado. “Hay que rotar todo el tiempo. Es fundamental hacerlo. De esta manera, y con nutrientes que incorporamos, tenemos suelos muy productivos y que mantienen sus condiciones con el tiempo.

No veo acá ninguna degradación ”, explica mientras nos dirigimos hacia el campo plantado con maíz BT, tolerante a insectos, que tiene incorporado un gen proveniente de una bacteria natural que produce una toxina que elimina las larvas de lapidópteros, los gusanitos que se comen los choclos. “Algunas de estas modificaciones las tenemos encimadas en una misma semilla, que llega a tener hasta cinco características diferentes”, agrega Lorenzatti.

Enfrente, detrás de un corral vecino donde un caballo brioso sale al galope y asusta a una manada de corderos blancos y marrones, aparece una parcela de experimentación. “Aquí están las plantas de la segunda ola revolucionaria ”, señala Lorenzatti. Es soja de un verde esmeralda que contiene una determinada composición de ácidos grasos, de aminoácidos, para usos específicos como biocombustibles y medicamentos. Más allá hay plantaciones de maíz y trigo con las mismas características. Si estos experimentos finalmente se aprueban y se logra producir en gran escala, en poco tiempo, Argentina estará al frente de una revolución verde a nivel global.

Por Gustavo Sierra MONTE BUEY, CÓRDOBA Enviado Especial

Fuente: Diario Clarín

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