vaca muerta y bioeconomia

Vaca Muerta y bioeconomía: bases para la re-industrialización de la Argentina en el siglo XXI

La #biotecnología, un ejemplo del beneficio que aporta una estrategia de desarrollo integral de la #bioeconomía.

Todo parece indicar que #VacaMuerta va en camino de convertirse en el “#game changer” de la #Argentina en los próximos 100 años; según las proyecciones existentes su valor puede llegar a representar entre 5 y 7 PBIs.

Sin entrar a discutir los temas de cómo se llega a efectivizar ese potencial, la cuestión es como aprovecharlo, asegurando que no se genere un desajuste en el tipo de cambio que termine afectando la competitividad del resto de la economía, como ha ocurrido en otros casos similares (Venezuela entre otros).

En este sentido, la idea de seguir un esquema como el que adoptó Noruega para administrar su bonanza petrolera a partir del descubrimiento de los yacimientos en el Mar del Norte en los años de 1970, parecería ofrecer una alternativa razonable y de probada efectividad para “esterilizar” los ingresos y evitar la perdida de competitividad por tipo de cambio.

Pero no resuelve de por si los males actuales del país: pobreza e inequidad territorial y, con nuestra historia política, abre nuevamente la puerta a la tentación populista de un estado central rico y benefactor, distribuyendo recursos bajo criterios políticos y difícilmente generando condiciones para un desarrollo genuino.

En este contexto la bioeconomía – concebida como la producción y utilización intensiva en conocimientos de recursos, procesos y principios biológicos para la provisión sostenible de bienes y servicios en todos los sectores de la economía – parece ofrecer los criterios ideales para definir el dónde invertir, costos y beneficios y guiar un proceso de re-industrialización que nos lleve, no solo al ansiado “progreso” económico, sino que también resuelva los desafíos de bienestar y equidad (social, territorial e intertemporal), que han sido tan elusivos en la Argentina moderna.

La relevancia de la bioeconomía como visión de futuro esta no solo en que, a nivel global, es un concepto crecientemente aceptado como una alternativa válida para enfrentar el desafío de atender las demandas de alimentos, fibras y energía de una población que va en camino de superar los diez mil millones de personas antes del final del siglo XXI, y al mismo tiempo revertir, o al menos mitigar, los impactos negativos de la extrema dependencia de los recursos fósiles de los patrones actuales de organización económica.

También se trata de un enfoque que abreva en áreas de fortaleza en el país, como son la disponibilidad de biomasa y las capacidades científico – tecnológicas en las disciplinas en las que se sustentan los nuevos desarrollos y una institucionalidad privada vinculada al sector agropecuario madura y de larga trayectoria. En este sentido permite potenciar algunos aspectos básicos que hacen al “saber hacer” del país y su carácter de gran y muy eficiente productor de biomasa, con techos de producción y productividad que aun pueden incrementados significativamente en los próximos años.

Estas fortalezas ya se han manifestado con éxito en diversos desarrollos, como, entre otros, la emergencia y crecimiento de empresas argentinas de biotecnología, la utilización masiva de OGMs, la amplia difusión de estrategias productivas amigables con el medio ambiente, la producción de biocombustibles y el aprovechamiento de algunos de sus co-productos para alternativas de desarrollo productivo regional y de producción de biomateriales y son claros ejemplos de los beneficios potenciales que podría aportar al país una estrategia de desarrollo integral de la bioeconomía.

Se trata de cierta manera de un “volver al futuro” que revaloriza la competitividad esencial de nuestras estructuras productivas para producir biomasa en cantidad y calidad (la forma de inserción en la economía mundial a partir de la segunda mitad de siglo XIX), pero replantea la relación agricultura – industria, vía la agregación de valor, y la proyecta de una manera diferente sobre el territorio, con los consecuentes impactos sociales (empleos e ingresos) y ambientales.

Con ello nos propone no solo una estrategia viable para enfrentar el desafío de reconstruir las economías regionales y reducir la pobreza vía la generación de empleos e ingresos sobre la base de una genuina competitividad; al mismo tiempo, significa empezar a alinear la estructura productiva y de ingresos del país con los actuales objetivos globales para el desarrollo sustentable y los compromisos que se están asumiendo en el marco de los acuerdos ambientales y respecto del cambio climático.

Una estrategia que integre Vaca Muerta con bioeconomía nos planea un sendero donde la Argentina puede ser una actor central en la ultima parte del ciclo de la economía del petróleo, al tiempo de también empezar a proyectarse como uno de los líderes en enfrentar los desafíos de seguridad alimentaria, energética y ambiental que el mundo necesita resolver en las próximas décadas.

Por: Eduardo J. Trigo, consultor en el área de bioeconomía del Ministerio de Agroindustria.

Fuente: Diario Clarín Suplemento Clarín Rural

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