biodiesel

La vieja ley del revolver

Muchos se horrorizaron esta semana al tomar conocimiento del proyecto de ley de abastecimiento, que promete regular todo el proceso económico. En realidad, no es mucho lo que cambia. Es más o menos lo mismo que la ley del revólver del célebre Guillermo Moreno, sólo que en manos de algunos imberbes que rompen todo lo que tocan.

No necesitaban ley alguna para destruir la industria del biodiesel, que a poco andar había generado un fuerte proceso de inversión, crecimiento de las exportaciones y abastecimiento del mercado interno. El corte obligatorio del gasoil con biodiesel y de la nafta con etanol permitieron sustituir importaciones por cientos de millones de dólares, hasta que la conducción del ministro Axel Kicillof puso el pie en la puerta giratoria.

Después tuvo que dar marcha atrás, escuchando otras voces dentro del propio gobierno. Se reactivó el biodiesel y en los últimos tres meses los embarques sumaron 1,300 millones de dólares.

Pero en lugar de capitalizar el fracaso y la recuperación, ahora prueban suerte con el etanol. Todavía hay pintura fresca en las cinco nuevas plantas de etanol de maíz, levantadas bajo el imperio de un régimen que otorgaba cupos y fijaba un precio en acuerdo con la industria azucarera, principal proveedora de alcohol hasta la llegada de las nuevas plantas que fermentan maíz.

Parece que, en un genial paso de baile, Economía estaría pensando en fijar un precio diferente para el alcohol de maíz que para el de caña, bajo el supuesto de que como bajó el precio del maíz, también lo hizo el costo de producción de su derivado.

En la Organización Mundial de Comercio este mecanismo de análisis no pasaría el primer filtro de la mesa de entradas, porque el criterio prevaleciente es que cada producto tiene un precio que no se regula ni por su origen ni por la tecnología que se utiliza en el proceso. Es como meterle un derecho de importación más alto a un producto que se produce más competitivamente. Justamente lo que la Argentina cuestionó durante años en la interminable batalla contra el proteccionismo agrícola de la Unión Europea.

Pero esta es la esencia del modelo de tipos de cambio múltiples. Por eso tanto interés en meterse en los costos de las empresas, los volúmenes de producción, los proveedores y toda la parafernalia incontrolable de la vida económica. Ya estuvimos ahí: recuerdo los años 80, cuando la mitad de la administración de una fábrica gastaba su tiempo en elaborar planillas de costos para presentar a la autoridad económica y lograr así la autorización para modificar las listas de precios.

Resultado: industrias no competitivas

Esta semana se realizó en Jesús María un interesante simposio con eje, precisamente, en el maíz. El gran tema fue el fenómeno de las plantas de etanol, que cambiaron la perspectiva de este producto generando condiciones para una rotación más equilibrada con la soja en la provincia de Córdoba. Todas estas plantas fueron concebidas pensando en una duplicación de capacidad. Una de ellas reúne a 60 cooperativas con 40.000 socios, que invirtieron 140 millones de dólares generando centenares de empleos. Otra pertenece a un grupo de 30 accionistas, productores agropecuarios o inversores. Valor agregado en origen y asociativismo, las muletillas que “el modelo” borra con el codo.

Desde que estas plantas se pusieron en marcha, se beneficiaron los tamberos y los feedlots, que convierten en carne la burlanda, el subproducto del etanol. Lo que el mercado esperaba era un aumento del corte, que podría duplicarse sin mayores problemas porque en Brasil ya se corta al 23% y con los mismos motores.

Ahora, la amenaza de un descuento -que no llegará al surtidor, sino que será capturado como renta extraordinaria por YPF y las demás petroleras- es una nueva amenaza que se cierne sobre el sector.

Por Héctor A. Huergo

Fuente: Diario Clarín Suplemento Clarín Rural

 

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